HERMES CON NIÑO. PRAXITELES. CLASICISMO. SIGLO IV ac


Este grupo escultórico consta de dos figuras: un joven en pie, desnudo y apoyado de forma indolente en un tronco, y un niño, también desnudo, sujeto en su brazo izquierdo, con el que parece juguetear. Del mismo brazo izquierdo de la figura principal pende un manto con drapeados, que casi oculta, frontalmente, el tronco del árbol. El brazo derecho de la figura adulta está incompleto, y la parte interior de las piernas ha sido reconstruida en yeso.
La obra está trabajada sobre mármol, mostrando un alto grado de calidad técnica y de habilidad para aprovechar las cualidades estéticas del material. Está claro el uso, entre otros instrumentos, del trépano, cuya peculiar huella es muy evidente en la cabellera.
Las superficies han sido pulidas moderadamente, con una delicada matización que les da ilusión de vida; sugieren la sensación táctil de blandura y morbidez. Se ha evitado, a propósito, toda rugosidad y la brusquedad de las rectas, prefiriendo trabar los planos e interpretar las formas con transiciones suaves, casi difuminadas.
No está condicionada por imperativos arquitectónicos, pero su independencia escultórica no es total, ya que se ajusta a leyes visuales propias de la pintura:
-Se desarrolla en sentido frontal, y prueba de ello es, por ejemplo, la colocación de los brazos de la figura principal, de modo que ni corten la silueta ni dificulten la plena apreciación de la belleza del contorno. La espalda tiene menos interés e incluso no está terminada de cincelar.
-Se da gran importancia al juego de luces, hasta casi sustituir la imposición de los volúmenes.
La composición se concibe mediante una serie de líneas ascendentes, con el fin de que la atención se concentre en el rostro del joven, ensimismado en sus pensamientos. El juego intrascendente con el niño marca el punto culminante.
La figura principal presenta un contrapposto o esquema en S, mediante un apostura lánguida y natural (curva Praxiteliana): el brazo derecho está en tensión, con el hombro algo desplazado mientras que el izquierdo se apoya en un soporte; la pierna izquierda, libre de peso, toca suelo con la punta del pie, la derecha sujeta el cuerpo, resaltando así la línea de la cadera. La ligera inclinación de la cabeza viene a completar el esquema.
La luz es un elemento primordial. Resbala con suavidad sobre las superficies y crea ricas modulaciones y matices sutiles. Uno de los grandes logros del autor es, precisamente, el haber sabido sacar partido de los efectos lumínicos sobre el mármol. El mismo uso magistral del cincel que hemos comentado al hablar de las superficies, le ha servido ahora para jugar con el claroscuro, que potencia tanto las formas difuminadas como la sensación de piel palpitante.
La policromía, en su estado actual, es inexistente, lo que no es obstáculo para suponer que existiría originariamente en ojos, labios y cabellos, mientras que en el resto se mostraría en su plenitud la pura belleza del mármol.
La forma de expresión es figurativa y naturalista (fijémonos en el tratamiento dado al cabello, o en los drapeados del manto). Hay un indudable interés por la belleza formal, especialmente en la figura principal; su pose relajada resalta los rasgos de una anatomía perfecta, proporcionada, armónica y sensual. Psicológicamente, aunque amable, parece distanciado e inaccesible.
Respecto al niño, si bien resulta gracioso, está bastante menos conseguido; la cabeza pequeña y las proporciones alargadas nos hacen pensar más en las de un adulto que en las características de la infancia.

La obra es fruto de un estilo artístico cuyo centro de interés es la figura humana. El dominio técnico hace pensar en una etapa de madurez, que, además, podemos identificar con otros rasgos: expresividad –que aquí es melancolía-, interés por la naturalidad, movimiento…
Concluimos, por tanto, afirmando que se trata de una escultura griega de la etapa postclásica.
Su autor es Praxiteles, pues son propios de su escultura la morbidez de superficies, blandura y levedad de modelado y la indolencia de las actitudes, marcada aquí por el contrapposto de la figura protagonista, que define la típica curva praxitélica.
Titulada Hermes y Dionisos presenta un tema mitológico: el joven Hermes lleva a su pequeño hermanastro para que lo cuiden las ninfas; ha hecho un alto en el camino y parece ser, ofrecía con la mano derecha un racimo de uvas, que el pequeñuelo se esfuerza en alcanzar.
A pesar de tratarse de dioses, el tema es anecdótico y está representado de forma humana y afectuosa. Es típico del postclasicismo y concretamente de Praxiteles, la representación de un momento fugaz.
Tuvo, en su momento, una función religiosa, pues se trataba de un exvoto entregado al Heraion de Olimpia, según el testimonio dejado por Pausanias en su obra Descripción de Grecia.
Fue hallada in situ durante las excavaciones realizadas en dicho emplazamiento en 1877. Los testimonios de Plinio el Viejo y Pausanias daban noticias de cómo el santuario tenía más de 3.000 estatuas, de las cuales las más importantes eran la Niké de Peonios de Mende y el Hermes con Dionisos de Praxiteles; cuando esta obra se halló, milagrosamente intacta, enseguida se identificó con la segunda.
Durante muchos años la crítica la ha considerado como la única obra original de Praxiteles, fundamental, además, para llegar a conocer su técnica personal. En 1948 Blümel, experto en el trabajo de mármoles antiguos, planteó la duda a esta autoría, basándose en datos como las molduras del basamento, que son helénisticas, la utilización del escalpelo de tres puntas o el pulimento. Ninguno de ellos puede tomarse como argumento definitivo, pero se han mantenido las reservas sobre ella (el puntal, el tratamiento mecánico del tronco del árbol y parte posterior y el modo de representar los ropajes no parecen corresponder al siglo IV a.d.C.). El tema, con todo, no está resuelto pues hay una fuerza y sensibilidad en la obra que nunca se dan en las copias y, desde luego, el diseño es claramente praxiteliano. Hoy también se apunta la teoría de que pueda tratarse de una copia de fines del Helenismo, anterior al momento en que se iniciasen en serie, y el autor, llamado también Praxiteles, trabajaría con total libertad, pero no hay unanimidad al respecto. Por lo expuesto, mantenemos la adscripción tradicional.
Praxiteles es el gran escultor ateniense del siglo IV a.d.C. Hijo del escultor Cefisodoto el Viejo, posee la depurada técnica de esta escuela, a la que aporta un espíritu renovador, lleno de encanto y humanidad.
Se le considera el maestro de la gracia por la que sabe comunicar a sus esculturas; se caracterizan éstas por un peculiar tratamiento de la anatomía y el rostro.
Así como en la escultura arcaica y clásica temprana gustaron las formas muy definidas, lo que explica su preferencia por representar la recia musculatura de atletas masculinos, y las actitudes llenas de gravedad, al aumentar el virtuosismo técnico crece el interés por las formas más suaves y las transiciones matizadas, así como por la expresión de sentimientos.
Praxiteles encarna esta nueva tendencia con sus desnudos carnosos, de ricas modulaciones su ritmo característico de lánguido abandono (la ya nombrada curva praxitélica) y rostros pensativos y soñadores. Su dominio técnico del trabajo del mármol, sobre el que aplicaba una pátina que enfatizaba el difuminado, le permite alcanzar estos objetivos.
Su amplia producción está perdida, pero fue tan imitada que se puede fácilmente estudiar a través de las copias romanas. Cabe destacar en ella la ruptura con la tradición y la innovación iconográfica: en este sentido, por ejemplo, hay que indicar que fue el primero en introducir en la escultura griega el desnudo femenino, a través de su célebre Afrodita de Cnido.
El camino iniciado por Praxiteles tuvo gran repercusión en el futuro, prolongándose su herencia en la etapa helenística y en el mundo romano, e incluso en otras tan lejanas como el David de Donatello.


 

 

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