TEXTO 1

 

Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los dioses le habían dicho: “Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón, persigue ninfas y suena tu flauta”. El sátiro se divertía.

Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira salió de sus dominios y fue osado a subir el sacro monte y sorprender al dios crinado. Este le castigó tornándole sordo como una roca. En balde en las espesuras de la selva llena de pájaros se derramaban los trinos y emergían los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle, sobre su cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían detenerse los arroyos y enrojecerse las rocas pálidas. Él permanecía impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba lascivo y alegre cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y rotunda que acariciaba el sol son su luz rubia. Todos los animales le rodeaban como a un amo a quien se obedece.

 

Rubén Darío, El sátiro sordo

 


 

TEXTO 2

 

Bajo la luz del flexo la mosca se quedó quieta.

Alargué con cuidado el dedo índice de la mano derecha.

Poco antes de aplastarla se oyó un grito, después el golpe del cuerpo que caía.

En seguida llamaron a la puerta de mi habitación.

–La he matado –dijo mi vecino.

–Yo también –musité para mí sin comprenderle.

 

Luis Mateo Díez, Un crimen

 


 

TEXTO 3

 

¡Condenado a muerte!

Hace cinco semanas que vivo con este pensamiento, siempre a solas con él, siempre helado por su presencia, siempre doblegado bajo su peso.

[…]

Fue una hermosa mañana de agosto.

Hacía tres días que mi nombre y mi crimen reunían cada mañana a una nube de espectadores que se lanzaban sobre los bancos de la sala de la Audiencia como cuervos sobre un cadáver, tres días en los que toda esta fantasmagoría de jueces, testigos, abogados, fiscales, pasaba una y otra vez ante mí, unas veces grotesca, otras cruel, sombría y fatal siempre. Las dos primeras noches, por la inquietud y el terror, no pude dormir; la tercera, me dormí de abatimiento y cansancio. A medianoche, dejé al jurado deliberando. Me llevaron al calabozo y allí, encima de la paja, caí al instante en un sueño profundo, en un sueño de olvido. Eran mis primeras horas de descanso desde hacía varios días.

 

Víctor Hugo, El último día de un condenado a muerte.

 

Pegar texto seleccionado en recuadro 3.2-b

 


 

TEXTO 4

 

Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.

Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de esa hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.

 

Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas

 


 

TEXTO 5

 

Al terminar la proyección de la película, salió a la calle y recorrió dos manzanas, deteniéndose en cada portal para mirar las placas donde constaba el nombre y profesión de los inquilinos.

Subió a un cuarto piso, llamó. La enfermera le dijo que el horario de consulta había finalizado.

-Se trata de un caso urgente –replicó él, y entró sin que la enfermera pudiera impedirlo. El doctor estaba en el pasillo.

-Le ruego que me atienda –dijo él-, acaba de sucederme algo tremendo.

El doctor sonrió y le hizo pasar al despacho.

-¿Qué le ha ocurrido?

Entonces él contó lo que sigue:

-Entré en el cine, y le aseguro que estaba muy tranquilo. Me senté en la butaca y conseguí relajarme. Nada más empezar la película, sufrí el primer sobresalto. Posiblemente usted no me creerá, doctor. Sin embargo, sé que me hallaba despierto y en poder de todas mis facultades mentales. Lo he visto con mis propios ojos, no ha sido un producto engañoso de mis sentidos. En la pantalla  apareció un hombre cuyo aspecto no me era desconocido. Me llenó de espanto comprobar que aquel hombre era yo. Comprendo que le resultará inconcebible, ¡pero así fue! Y, por Dios, no vaya usted a pensar que se trataba de un simple parecido. No, no. Se lo juro. ¡Era yo! ¡Yo mismo! No tengo la menor duda.

 

Gonzalo Suárez, Un paciente impaciente