2.2.2. Descripción de animales.

 

            También los animales aparecen como personajes en obras literarias y, como las personas, son descritos. Así, en la biografía de Julio César que mencionamos anteriormente, hay un hueco para su caballo:

 

  LXI. Montaba un caballo singular, cuyos cascos parecían pies humanos, estando hendidos a manera de dedos; caballo que había nacido en su casa, prometiendo los augures a su dueño el imperio del mundo; por cuya razón lo crio con cuidadoso esmero, encargándose él mismo de domarlo, elevándole más adelante una estatua delante del templo de Venus Genetrix.

Suetonio, Vida de los doce césares

 

 

            Muy conocido es el comienzo de la obra de Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, donde se nos dan algunos rasgos físicos y casi psicológicos del borriquillo.

 

  Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

  Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

  Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

  Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra... Cuando paseo sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

  —Tiene acero...

  Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

 

            También podemos encontrarnos con descripciones en verso, como las que componen El gliptodonte, de Jaime Siles. Leamos este soneto dedicado al rinoceronte:

 

Duro como la piel lunar del monte

protegida por una capa dura,

acorazado en su vestidura,

embiste, fiero, contra el horizonte.

              

Su tosca estampa recuerda al mastodonte.

Sus pilares a una arquitectura.

Su cabeza evoca la figura

de un toro antiguo, un monstruo o un bisonte.

 

Un ojo, triste, rememora el día

en el oro difuso de la tarde;

el otro, menos triste, se extasía

 

en el fuego sin fin, en el que arde

lejano el sol que le sirvió de guía

al cuerno gris que nunca fue cobarde.

 

            Las descripciones de animales fantásticos constituyeron un auténtico género durante la Edad Media; estas descripciones se recogían en los llamados Bestiarios, y en ellos la realidad se mezclaba con la imaginación. Veamos un ejemplo tomado de una edición de  Ignacio Malaxaverría.

 

EL BASILISCO

 

  Existe un animal llamado basilisco. El Fisiólogo nos dice, a propósito de su naturaleza, cómo nace, y nos da a entender que nace del huevo de un gallo. Resulta un animal que tiene cabeza, cuello y pecho como los de un gallo, y desde el pecho hacia abajo es como una serpiente. El animal es de tal naturaleza, que arroja veneno por los ojos; tiene la mirada tan venenosa, que mata a las aves que vuelan por encima de él si puede mirarlas entre los ojos. Este animal es el rey de todos los demás reptiles, y temido por ellos, igual que el león es más poderoso y temido que todas las demás bestias. Y no puede pasar por un lugar sin que este pierda su virtud, pues jamás volverá a producir hierba ni otra cosa alguna.

  No obstante, es un bello animal, de hermoso color manchado de blanco. Pero otro tanto sucede con muchas cosas, que son atractivas pero malas. Quien desee matar a este animal, deberá tener un claro recipiente de cristal o de vidrio, a través del cual pueda ver a la bestia. Pues al tener el hombre la cabeza tras el vidrio o el cristal, el basilisco no puede distinguirlo y su mirada es detenida por el cristal o el vidrio; cuando el basilisco arroja su veneno por los ojos, es de tal naturaleza que, si choca con algún objeto, rebota hacia atrás contra él, y ha de morir.

 

 

            Los cronistas de Indias, además de describir los nuevos animales que iban descubriendo en América, y llevados por el asombro ante tanta novedad, a veces incrementaron el bestiario de animales fantásticos, como en el caso del ahuizotl:

 

  Hay un animal en esta tierra que vive en el agua, nunca oído, el cual se llama ahuizotl; es tamaño como un perrillo, tiene el pelo muy lezne y pequeño, tiene las orejitas  pequeñas y puntiagudas, tiene el cuerpo negro y muy liso, tiene la cola larga y en cabo de la cola una como mano de mona; habita este animal en los profundos manantiales de las aguas y si alguna persona llega a la orilla del agua donde él habita, luego le arrebata con la mano de la cola, y lo mete debajo del agua y le lleva al profundo y luego turba el agua y le hace vestir y levantar olas, parece que es tempestad del agua y las olas quiebran las orillas y hacen espuma; y luego salen muchos peces y ranas del profundo del agua y andan sobre el haz del agua y hacen grande alboroto en el agua.

  Y el que fue metido debajo del agua allí muere, y dende a pocos días el agua echa fuera el cuerpo, el cuerpo del que fue ahogado, y sale sin ojos y sin dientes y sin uñas, todo se lo quitó el ahuizotl.

 

Bernardo de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España

 

            En la actualidad también podemos encontrar muestras de animales imaginarios, quizá de un modo más destacado en la literatura hispanoamericana –Borges, Arreola, Monterroso–. Aquí recogemos un curioso ejemplo de descripción –o de no descripción.

 

 

 

Fábula de un animal invisible

 

  El hecho –particular y sin importancia– de que no lo veas, no significa que no exista, o que no esté aquí, acechándote desde algún lugar de la página en blanco, preparado y ansioso de saltar sobre tu ceguera.

                                   Wilfredo Machado, Libro de animales


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