0. Formas del discurso

 

Tradicionalmente los textos en prosa se han clasificado en las llamadas formas del discurso o formas de composición: narración, descripción, exposición y argumentación. Esta división se basa en la intención que domine en cada una de ellas y, en consecuencia, en la distinta manera de organizar el texto: en la narración se detallan conocimientos  reales o ficticios dispuestos en un tiempo y un espacio; en la descripción se evocan observaciones de la realidad; en la exposición se explican ordenadamente ideas y principios; en la argumentación, se defiende una postura y se intenta convencer de ella al receptor. La narración y la descripción se dirigen principalmente a la imaginación mientras que exposición y argumentación  lo hacen al intelecto; los primeros son los más característicos de la expresión literaria y los segundos de las vertientes científica y humanística.

A estas cuatro formas del discurso hay que añadir el diálogo, no el que se produce en situaciones reales de comunicación oral, sino el que el autor recoge en sus textos para transmitir información al lector.

Esta clasificación no quiere decir que los textos se den con una de esas formas exclusivamente, ya que en una composición encontramos mezcladas diferentes variedades: en un cuento, la narración debe combinarse con la descripción de ambientes y personajes que, además, pueden dialogar entre ellos; del mismo modo, cuando argumentamos necesitamos exponer nuestras ideas y muy probablemente describir situaciones o enunciar ejemplos de un modo narrativo.

 

            En el texto que viene a continuación puede verse cómo se combinan diferentes formas del discurso; se trata de un fragmento del dietario que escribe Josep Pla en Madrid en los primeros meses de la Segunda República:

 

  5 DE MAYO. EPIGRAMAS LITERARIOS

               

  En Madrid, cuando un literato llega a determinado nivel dentro de su profesión, no tiene más remedio que hacer una vida social activa. Ahora bien, este literato, para llegar hasta allí, ha de tener alguna dimensión filosófica. Si el literato no tiene esta dimensión, si se conforma con una capacidad meramente descriptiva, no pasa del rellano. Baroja y Azorín no han pasado del rellano. A Machado se le considera un gran poeta, pero no es un poeta elegante. A Unamuno se le considera un energúmeno de Salamanca. Un hombre del pos-98, el escritor –gran escritor– y filósofo Ortega y Gasset, está considerado como un hombre de la vida social. Las duquesas marquesas, etcétera, con mayor circulación en Madrid escuchaban cautivadas sus observaciones, estimadas profundas y fascinantes. Un día, en una de las mejores casas del País Vasco, se encontraron el entonces rey Alfonso XIII y el filósosfo. Hechas las presentaciones, el ex Rey le preguntó a Ortega qué disciplina o asignatura profesaba en la Universidad Central.

  Metafísica, señor…–contestó con una reverencia el autor de España invertebrada.

  Esto debe de ser muy complicado –dijo el ex Rey con una risita y una nonchalance francesa, borbónica y madrileña.

  A Ortega la respuesta le pareció intolerable, y aquello le convirtió en un republicano inflamado. Estos últimos meses, con sus escritos en El Sol ha contribuido realmente a inclinar el fiel de la balanza.

  Hoy Ortega está radiante, se encuentra a caballo entre la vieja sociedad aristocrática, que es, como resulta fácil adivinar, monárquica, y sus amigos republicanos, y es muy envidiado.

                Josep Pla, Madrid. El advenimiento de la República

 

El  texto comienza con una reflexión sobre las relaciones existentes entre los escritores madrileños y la vida social de la ciudad; podemos considerar estas líneas una pequeña exposición en la que se intercalan leves pinceladas descriptivas de Machado, Unamuno.... Tras estas líneas, Pla nos cuenta una anécdota, un encuentro entre Alfonso XIII y Ortega, tendríamos aquí una muestra de narración, que comienza además de un modo tradicional : “Un día…” . En ella se nos transmite el diálogo entre los dos protagonistas del sucedido a los que se describe mínimamente: respetuoso y más tarde irritado el filósofo; frívolo y displicente el rey. Las consecuencias de dicho encuentro y la situación actual –en el momento de escribirse el texto– de Ortega, al que se muestra en un feliz equilibrio, en una posición que suscita envidias, completan el escrito.

Podemos ver, pues, cómo en un pequeño fragmento de prosa pueden tener cabida diferentes formas del discurso; en este caso, exposición, narración, descripción y diálogo.

 



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