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Parada 1: Castillo de Monfragüe Panorámica

Iniciamos el itinerario en el borde Sur del Sinclinal, concretamente en el Salto del Gitano. En este punto destaca el abrupto desfiladero abierto por las aguas del Tajo al abandonar el parque en la cuarcita armoricana (con la que se inicia la serie paleozoica). Esta portilla se alza sobresaliente más de 250 m sobre el nivel de las aguas en las que normalmente se refleja. El corte abierto permite observar el conjunto de capas de cuarcita blanca bien estratificadas y con disposición subvertical que definen un flanco sur invertido. Este nivel cuarcítico ha dado lugar por su gran resistencia a las Sierras cuarcíticas de Serradilla, Monfragüe y las Corchuelas que, con cotas de 670, 513 y 544 m respectivamente, se alzan a modo de crestas lineales, coloreadas de amarillo por los líquenes que las recubren, sobre los depósitos coluvionares que las bordean, recubiertos por encinares más o menos densos según la exposición.

Panorámica general del Salto del Gitano.

En estas crestas, aprovechando el escaso suelo desarrollado en las discontinuidades y grietas existentes, crecen de manera aislada encinas y enebros de pequeño porte y también matas de Adenocarpus y Lavandulas acompañados por herbáceas cuya floración primaveral eleva aún más la belleza del lugar.
En las partes altas llaman poderosamente la atención por su vuelo, silueta y sonido los abundantes buitres leonados que sobrevuelan las cimas. Mirando con mayor detenimiento puede contemplarse además de los buitres leonados asentados en las repisas, otras aves como alimoches, cigüeñas negras y halcones peregrinos que se refugian y nidifican aquí, aprovechando la naturaleza inaccesible del lugar.
En las partes bajas en contacto con el nivel de las aguas destaca, por su dominancia y contraste con la coloración natural de las formaciones que limita, la banda deforestada de tono blanquecino derivada de las sucesivas oscilaciones del nivel del agua relacionadas con su represamiento unos kilómetros aguas arriba, que impiden el crecimiento vegetal.
Siguiendo hacia la cima de la Sierra de Monfragüe por el camino que conduce al castillo, cabe analizar las capas cuarcíticas en las que se observan ripples de olas y crucianas en la base, lo que nos permite interpretar su origen en un medio marino de plataforma somera sujeta a la acción de las olas y con desarrollo de una fauna importante.


Encinar disperso en la ladera de solana de la Sierra de Monfragüe.

La vegetación que recubre la capa coluvionar en esta ladera de solana, con alta termicidad y baja humedad edáfica, corresponde a un encinar disperso que deja una gran parte del suelo sin cubrir y en el que está ausente el estrato arbustivo. Predominan aquí las encinas y coscojas, acompañadas por acebuches y lentiscos, y también matorrales de sustitución dominados por leguminosas y labiadas cuya temprana e intensa floración otorga gran vistosidad al sector.
Poco antes de alcanzar la cumbre encontramos cuevas abiertas en la cresta cuarcítica, cuyas paredes se hallan decoradas por pinturas rupestres atribuidas al hombre del Neolítico que representa escenas de caza, grupos familiares y los animales del lugar. Finalmente y tras subir 150 escalones llegamos a la cima de la Sierra en donde despunta el castillo-fortaleza de base cuadrada y origen hispano-musulman. Desde esta cima o desde la última terraza del castillo se asiste a un espléndido espectáculo: una magnífica panorámica que alcanza inmensas extensiones de territorio.


Castillo de Monfragüe en la cima de la Sierra de Monfragüe.

Con la vista puesta hacia el norte y en el entorno inmediato se obtiene una inmejorable visión del bello modelado apalachiano del Parque en el que destacan sus alineadas barras de cuarcita revestidas en su base por el encinar mediterráneo y cortadas en ciertos sectores por las aguas circulantes y los valles lineales por los que fluyen las aguas del Tajo y Tiétar; en el fondo escénico sobresale la Sierra de Gredos con sus cimas nevadas. Mirando hacia en Sur la vista se pierde en las extensas dehesas de encinas que recubren colinas y vaguadas modeladas por las aguas en la penillanura extremeña. En estos dilatados espacios centran la atención los blancos cortijos y casas de labranza que salpican las dehesas por el gran contraste de forma y color.