La economía extremeña del siglo XVIII

Desde el punto de vista económico, Extremadura es un espacio agrario y ganadero.

La situación general del campo extremeño en el siglo XVIII era semejante a la de los siglos anteriores. El principal problema del campo extremeño era la injusta distribución de la propiedad de la tierra, ya que una minoría era dueña de grandes extensiones, utilizadas como pasto para el ganado ovino trashumante, mientras el crecimiento de la población del siglo XVIII y el gran número de campesinos sin tierras (yunteros y jornaleros) demandaban terrenos para la agricultura.

El espíritu reformista borbónico intentará mejorar la situación del campo extremeño. Así, durante el reinado de Carlos III, en 1766 y 1770 su ministro Aranda ordenó que se repartiesen tierras de los Ayuntamientos, en régimen de arrendamiento, entre los campesinos más necesitados de los pueblos. En 1771, D. Vicente Paíno Hurtado, representante de las ciudades de la Provincia de Extremadura con voto en las Cortes, presentó un informe contra la Mesta, institución que acaparaba las grandes extensiones de terreno para pastos y no podían ponerse en cultivo. En respuesta a este informe, en el reinado de Carlos IV se aprueba el Real Decreto de 1793 por el que se pretendía repartir tierras incultas entre los campesinos más necesitados y, además, se declaraba que todas las dehesas de Extremadura eran de “pasto y labor”, de manera que ahora todas podían ser cultivadas. Sin embargo, estas medidas ilustradas no cambiaron el desigual reparto de la propiedad de la tierra y resolvieron los graves problemas del campo extremeño.

En el siglo XVIII se produjo un grave enfrentamiento entre los ganaderos forasteros, pertenecientes a la Mesta, y los ganaderos riberiegos, locales y no pertenecientes a la Mesta. La política ilustrada y reformista promovió la abolición de algunos de los privilegios de la Mesta, como el derecho que garantizaba la perpetuación del arriendo de los pastos. A partir de ahora, quedará abierto el arrendamiento de las dehesas de pasto y los ganaderos riberiegos podían llevar sus rebaños a pastar a cualquier dehesa y, además, los precios de los pastos dejaron de estar fijados por la Mesta.

En líneas generales, durante el siglo XVIII aumentó la superficie cultivada, con las nuevas roturaciones realizadas. La diversificación de los cultivos era muy escasa (cereales, olivo y vid), aunque en la segunda mitad del siglo XVIII, en algunas zonas concretas (comarca de la Vera), se introducen nuevas especies como la patata y el maíz. También comienza a reconocerse la importancia del cultivo de las leguminosas por su integración en la dieta humana y animal y su capacidad para regenerar los suelos.

A mediados del siglo XVIII, la población activa empleada en las manufacturas era de las más escasas del país, ocupando el penúltimo puesto en la Corona de Castilla, sólo por encima de la región de Murcia. Los sectores artesanales más destacados fueron el textil, el del cuero, el metalúrgico y el de la cerámica.

Los principales establecimientos de la manufactura textil lanera estuvieron en Hervás (paños finos), Torrejoncillo, Casatejada y Torremocha. Estos centros empleaban a un buen número de cardadores, hilanderas, tejedores, canilleros, bataneros, engredadores y tundidores. Los rasgos de esta incipiente industria textil que explican sus limitaciones y su breve continuidad son: la dispersión geográfica, la ausencia de empresas importantes, la falta de capitales, el predominio del sistema de trabajo a domicilio (“domestic system”), la escasa demanda local y las dificultades de aprovisionamiento de la lana, a pesar de su abundancia, como consecuencia del continuo enfrentamiento entre los partidarios de transformarla en nuestra región o de exportarla. Después de la Guerra de la Independencia, la fabricación de paños en Extremadura entraría en crisis y, con ella, las posibilidades de industrialización en la región. Los primeros síntomas del atraso económico de nuestra región con respecto a otras zonas del país estaban apareciendo.

Por iniciativa de la Corona, se crea en 1746 la Real Compañía de Comercio y Fábricas de Extremadura, con sede en Zarza la Mayor (Cáceres). Esta manufactura real estaba destinada a la fabricación de tejidos de seda (tafetanes, noblezas, damascos, terciopelos, espumillones, galones y pañuelos) y al comercio con Portugal, favorecido por la posición fronteriza de Zarza la Mayor. La materia prima se obtenía de los productores de seda de las comarcas de Plasencia, Montánchez, Coria y la Vera. Sin embargo, esta experiencia duraría apenas 10 años, debido a la falta de capitales y de personal cualificado, la mala gestión y la malversación de fondos de sus administradores y la imposibilidad de acabar con el contrabando con Portugal.

Aparte de la actividad mercantil realizada por la anterior compañía, el comercio va a estar muy limitado por la escasa densidad de población del territorio, las malas condiciones y la inseguridad de sus caminos y la escasa capacidad de demanda en una población, cuya mayoría vivía al borde de la pobreza. Los mercados semanales y las ferias anuales fueron las principales manifestaciones comerciales.

A finales del siglo XVIII, en Plasencia y Trujillo aparecieron Sociedades Económicas de Amigos del País, dedicadas a promocionar la economía y la cultura en general, pero sus actividades tuvieron un alcance muy limitado. El espíritu reformista de los Borbones volvía a fracasar en nuestro territorio, acentuando los síntomas de atraso.

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